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Los perros más bravos del planeta

Tienen fama de asesinos. Y con razón. La mordida de un Pitbull ejerce una presión superior a los 100 kilos y en los últimos años tienen más de un centenar de muertos registrados en todo el mundo

Si nos atenemos a esa suerte de verdad según la cual los dueños de perros van adquiriendo rasgos caninos a punta de convivencia, entonces no ha de extrañarnos que algunas de las características de esos adorados animales también se nos hayan ido pegando. Lástima que el hombre sea más proclive a contagiarse del arrebato violento del instinto, que de la nobleza o la fidelidad.

Hace 15.000 años aproximadamente, dicen que en la mismísima estepa siberiana el hombre logró la domesticación de la especie. Con todo y eso, gracias entre otras cosas a la leyenda urbana y a las diferentes tradiciones populares, se sigue cuestionando el convencimiento de que todo perro está hecho para acompañar al ser humano.

En el folclor británico, palabras como Barghest y Gurt Dog se refieren a perros negros fantasmales, asociados con el infierno. Cerbero y Ortro, cánidos paridos de una misma madre y que juntos suman dos colas y ocho patas, pero también cinco cabezas, son los vigilantes de la entrada al Fuego Eterno según la mitología griega. Fenrir, bestezuela canina hermanada con la diosa de la muerte Hel, fue capaz de arrancarle de tajo una mano a un dios nórdico. Otro dios, el azteca Xólotl, dueño del fuego y de la mala suerte, estaba encarnado en la figura de un perro. Si esos no son animales de temer, difícil encontrar otros.

Quienes han denunciado el comportamiento y los ataques de los que comúnmente denominamos "perros bravos", conocidos de manera genérica con la sigla PPP ("perros potencialmente peligrosos"), aseguran que no todas las genéticas y razas están dispuestas a aceptar la domesticación, y que muy en el fondo ciertos perros, ciertas razas, terminarán atacando. Mientras, los que defienden el compartir hogar con animales que históricamente han sido puestos al servicio de la caza y la defensa a dentelladas, aseguran que no hay nada que un buen entorno, pacífico y amoroso, no logre para aplacar lo que de salvaje hay en ellos.

Desde 1990, Kenneth Phillips, abogado norteamericano, asesora exclusivamente a víctimas de ataques de perro desde su página, www.dogbitelaw.com. "Los perros atacan por diferentes razones -explicó Phillips a DONJUAN-: falta de entrenamiento, carencia de respeto por la gente, por enfermedad, porque los atan a los árboles o porque sienten algún malestar físico. Casi todas estas cosas son culpa de los dueños". La lista de razones que hacen a un perro peligroso, ampliada en su página web, aporta un factor más: pertenecer a las razas pitbull, rottweiler, akita e, increíblemente, chow chow. Si el perro es macho, según Phillips, y no ha sido esterilizado, el riesgo es mayor.

También habría que agregar, diríamos nosotros, el factor tamaño. Unas medidas y un peso de respeto hacen la diferencia entre un perro bravo y uno bravucón. ¿O acaso hay quién le corra al mal carácter de un pincher?

Las leyes universales respecto a qué animal debe ser considerado PPP redundan en tres características: Todo perro que se haya ido contra un humano o un congénere, que haya sido entrenado para atacar o defender, o simplemente que pertenezca a razas como esas, es potencialmente peligroso. En Colombia, 13 razas se encuentran en ese rango, y cuatro en especial, staffordshire terrier, american staffordshire terrier, pitbull terrier y american pitbull terrier, incluidos sus cruces con otras razas, tienen prohibición explícita de importación.

"El propietario de un perro potencialmente peligroso asume la posición de garante de los riesgos que se puedan ocasionar por la sola tenencia de estos animales", reza la Ley 746 de julio de 2002, que regula la propiedad y el registro de estos perros. ¿Pero qué hace a un perro voltear el hocico en contra de quien lo alimenta? "Las únicas realidades en la vida de un perro son el hambre y el miedo: un estómago vacío, hace a un perro fiero", aseguraba Sir Robert Falcon Scott, miembro de la segunda expedición humana en tocar el polo Sur, en 1912. Y algo conocía a los canes este explorador que murió, congelado y famélico y dejando en el camino la vida de 33 podencos que tiraban de su trineo.

Entonces pongamos que la desatención de sus necesidades o la mala crianza, y no una raza en particular, es lo que determinará que tal o cual perro acabe pegado de fauces a nuestro brazo. "La legislación colombiana respecto de los PPP es una copia de las leyes extranjeras, en las que el penalizado es el perro y no el propietario", asegura Juan Carlos Branch, representante de la delegación colombiana de Iadcro, Asociación Internacional para la Defensa Canina y sus Dueños Responsables.

Esa entidad vela por informar acerca de la posibilidad de criar todo tipo de perros, poniendo de relieve que la buena educación determina el buen comportamiento. "El problema es que, en nuestras ciudades, los perros son de terraza -asegura Branch-. La gente no los saca a pasear, no les dan la educación debida y, cuando tratan de corregirlos por la fuerza, les responden de manera agresiva".

Podrán ser todo lo temperamentales que se quiera, y sus dueños están convencidos de que la nobleza la fomenta la buena educación. Pero esa educación escasea. Y es que en muy pocos casos la distinción por la que conocemos al mejor amigo del hombre se da al revés: rara vez el hombre es el mejor amigo del perro.

PITBULL TERRIER

"Soy voluntarioso y soy hábil, / soy una delicia. / Y me veo como una mezcla / de bello y de bestia. (...). Lo mucho que tengo de lobo / se rehúsa a ser perro". Parte de la letra del clásico rockero-balcánico Pitbull Terrier, de la No Smoking Orchestra del músico y director de cine Emir Kusturica. Y pocas descripciones se ajustan tan como collar al perro que esta declaratoria de principios del pitbull: una preciosidad por fuera, mucho de indómito por dentro.

De los 2.209 ataques de perros reportados en los Estados Unidos entre 1982 y 2006, poco más de 50% fueron protagonizados por esta raza. De esos 1.110 episodios, 608 terminaron en mutilaciones, y 104 tuvieron la muerte como consecuencia. Eso hace del pitbull terrier el can más mal afamado de cuantos existen. Según Juan Carlos Branch, de Iacdro Colombia y dueño de un ejemplar, prácticamente todos los perros considerados pitbull en el país son mezclas con otras razas.

"Si existen 10 Pitbull en estado puro en Colombia, no hay más -asegura-. Y además sus dueños no los dejan ver: los mantienen en el anonimato y los emplean para peleas clandestinas". A falta de una contabilidad que apenas se está consolidando, la página de Facebook de la Federación Internacional American Pitbull Terrier Delegación Colombia, registra 1.079 miembros.

Es común ver a los pitbull terrier andando con bozal por la calle, o a la Policía reconviniendo a los dueños que no tienen en cuenta esa precaución. Se entiende: la mordida de una de estas mascotas ejerce una presión superior a los 100 kilos.

FILA BRASILERO

Desde sus seis meses, Laika tenía la mala costumbre de morder lo que pudiera dentro del carro de su dueño. Gracias a la educación que se le ha dado y a la compañía de dos mascotas más de raza schnauzer, esta gigantesca fila aprendió a vivir en familia sin problema. La única vez que ha mordido a su dueña -sin consecuencias, por demás- fue porque sintió que el pelo de ella se le metió en los ojos.

Ningún rasgo parece delatar las características de mal carácter que se le endilgan a esta raza, mezcla de Bulldog, Mastín y Sabueso. Aún así, no traiciona una de sus características más conocidas: la desconfianza hacia los extraños.

El fila parece un enorme acordeón con orejas. Pero a diferencia del sonoro instrumento, difícilmente se dejará tocar de otro que no sea su dueño. De hecho, su mal carácter es bien conocido en exposiciones caninas, y los jueces deben preguntar a sus dueños si el ejemplar no se molesta al ser tanteado. Hay casos en los que ni siquiera se les puede mirar a los ojos. Es como si el amo fuese el único acreditado para hacerle mimos. El resto de la humanidad suele incomodarlo.

Tristemente, su nombre se encuentra incluido en varias listas negras. En Israel, Noruega y el Reino Unido, el fila sólo puede ser criado con permiso especial. En países como Australia está directamente prohibida su tenencia, y en otros lugares como Nueva Zelanda, se permite su crianza en tanto el ejemplar pueda ser esterilizado.

DOBERMAN

De ellos se ha dicho de todo. Incluso una vieja película de serie B norteamericana, The Doberman Gang, los presenta como las criaturas perfectas no para atacar, sino para robar. El caso es que quienes han familiarizado con esta raza nacida hace más de un siglo en Alemania, producto de una mezcla que incluye pincher, rottweiler y gran danés, saben de pocos guardianes con su agilidad, su fidelidad y su nada despreciable mordida.

El creador de la raza, por supuesto de apellido Doberman, fue un vigilante que buscaba un apoyo canino ideal para sus funciones. Resultante del experimento apareció un ejemplar estilizado y de apariencia fiera, no sólo determinada por sus ojos almendrados y su color café renegrido, sino por las modificaciones que los humanos suelen causar en su apariencia, respingando orejas y cortando colas. En guardia, el Doberman se adivina una fiera.

Pero pocas razas tienen, en realidad, mayor confiabilidad. Estudios han comprobado que aquella leyenda según la cual perderán el olfato con los años y terminarán arremetiendo contra su propio dueño no es sino eso: leyenda. Todo lo contrario, son los más feroces defensores de sus amos. Y además, como si se tratara del más faldero de los caniches, requieren un ambiente familiar libre de conflictos para su sano desarrollo. Bravo, sí, pero consentido como el que más.

PASTOR ALEMAN

Lo que se dice, un perro que requiere contexto: cuando lo vemos corriendo a sus anchas por el parque, acompañado de la familia en pleno, adivinamos en él a una mascota como pocas. En cambio, si nos lo encontramos cuidando la puerta de un centro comercial, tomado de su correa por un vigilante, algo de respeto habrá que tenerle.

Es decir, es tan válido ver en el pastor alemán tanto al temible Huan, el perro de caza de la Tierra Media en las historias de Tolkien; como al tierno pero efectivo Rin-Tin-Tín.
El Adán de los pastores tenía hasta apellido. Sus primeros dueños lo bautizaron Hektor Linksrhein. En 1899, cuando participaba de una feria canina, fue comprado por el capitán de caballería Max von Stephanitz, quien estaba interesado, con un grupo de amigos, en unificar una raza pura de canes que pudieran dedicarse a la creciente industria del pastoreo de ovejas.

El militar le cambió el nombre por uno no menos rimbombante, Horand von Grafath, y le dio una muy cómoda vida de semental hasta lograr dar con la atractiva raza que hoy conocemos.

En 2007, en un acto legal que causó conmoción en miles de familias irlandesas, el pastor alemán ingresó en la lista de los PPP. Se trata de una verdadera excepción en el caso de un can que, más que bravo, es dueño de carácter férreo.

Por: Jaime Andrés Monsalve // Fotografía: Sebastián Jaramillo // Producción: Isabel González // Agradecimiento: Katar Pitbull - Criadero Tierra Nueva.fuente:revistadonjuan.com

El huracán de la historia

Leonardo Padura se ha hecho conocido en la literatura latinoamericana por las novelas policiales protagonizadas por el detective Mario Conde, y también por La novela de mi vida, biografía ficcionalizada del poeta José María Heredia
foto,fuente:página12.com.ar

Ahora, tras varios años de trabajo, el autor cubano da a conocer El hombre que amaba a los perros, una perturbadora historia que une las figuras de León Trotski y de su asesino, Ramón Mercader, en una trama en cuyo centro se encuentran Cuba, el comunismo y los cambios políticos y culturales de las últimas décadas en la isla, centro obsesivo de su quehacer como escritor.

Es muy compleja la relación que un hombre establece con un perro. No es solamente cuestión de darles de comer cada tanto ni tampoco la de asegurarse que cumplan una función primordial (cuidar nuestra casa cuando no estemos, dormir arriba de la cama en una noche de invierno para abrigarnos los pies) para luego restringir todas aquellas otras cosas que nos resultan peligrosas o atentan directamente contra la integridad de algún mueble. No, para nada: ninguna relación con un perro, ninguna verdadera, auténtica y plena, incumbe solamente eso. El verdadero meollo de esta cuestión parece salir a la luz en la última novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros, en donde sus tres –condenados y atrapados– protagonistas no pueden dejar de exponer o experimentar ese secreto vínculo que los une al mundo canino.

Perros, entonces: perros y hombres a través de la historia, arrastrados casi por las fuerzas (¿naturales?, ¿simbólicas?) de ciertos acontecimientos, casi como promete arrastrar todo lo que existe el huracán Iván del comienzo de la novela, que amenaza con cortar al medio a Cuba. Un personaje, uno de los protagonistas, con el mismo nombre que el fenómeno natural, es menos huracán que víctima: escritor frustrado devenido veterinario, flamante viudo, no puede menos que recordar la miseria en la que se encuentra encerrado, tanto política como sentimentalmente, y comienza a recordar uno de los momentos más significativos de su vida, el momento en que, sentado en una de las playas cubanas en 1977, se encontró por primera vez con un misterioso hombre que paseaba a sus dos perros –dos galgos borzois, parte de la aristocracia canina de la isla– y los miraba, meditativo, chapotear en la espuma que dejan las olas sobre la costa. Su historia, la del hombre que amaba a los perros, revelará otro huracán: aquel que viene azotando al mundo desde el asesinato de León Trotski a manos del agente soviético-español Ramón Mercader.

En una entrevista que el escritor mantuvo con Radar Libros, Leonardo Padura confiesa que al misterioso título del libro en relación con su tema "vino solo, como una semilla que germina en el territorio propicio. Yo había leído hace mucho el relato de Chandler The Man Who Loved Dogs, y cuando vi que los perros eran un elemento que acercaba a los tres personajes protagónicos –Trotski, Mercader y el cubano Iván– pues me pareció el más acertado".

Los galgos, los galgos rusos

Esa conversación entre Iván y el misterioso sujeto de los galgos a lo largo de algunos encuentros va a conformar un relato fragmentario que obligará al primero a inmiscuirse en la vida de quien hasta ese momento, tanto para él como para todos los cubanos, había sido un traidor a la causa socialista vinculado con las oscuras fuerzas del fascismo: apenas un sospechoso más de bogar por el fin de la utopía y que bien muerto está. ¿Qué es lo que le impide al personaje, con su demostrada habilidad para escribir historias, no usar esto como base para el gran texto que desde joven siempre esperó, pero que –por restricciones políticas, por frustraciones personales– nunca pudo realizar? El miedo, el mismo miedo que sintió alguna vez Trotski, el mismo miedo que sentirá luego Mercader, cuyas historias están escritas en tercera persona, como si fueran vistas no sólo por la escritura de Iván, sino también por los ojos de los defraudados, los tragados por esa misma utopía.

¿Cómo fue escribir esta novela en el actual clima político en Cuba? El libro destila por todos lados esta persistencia del miedo, y está clara la posición de los personajes con respecto a este factor. ¿Qué trabas o problemas vislumbraste al escribirlo? ¿Sentías que bordeabas o atravesabas un límite?

–Este ha sido un libro de muy larga concepción, definición, investigación, escritura y revisión, no sólo por los desafíos literarios que significó, sino también por sus contenidos. Por lo tanto, las situaciones en Cuba, aunque en esencia son las mismas, en determinados aspectos fueron variando con los años (no menos de cinco) que mediaron entre el inicio de la lectura de materiales con la intención de escribir y la finalización de la escritura, en 2009. Pero lo que está claro es que desde el inicio sabía que estaba trabajando un asunto que ha sido tabú en Cuba, del que no se había escrito incluso por falta de conocimiento de la profundidad y la perversidad de muchos de los aspectos que toco en el libro. Aunque en mis novelas yo siempre trato de llegar hasta los límites, e incluso un poco más allá, en este caso sabía que iba a desbordar muchos de ellos, pues la historia de los modos en que se pervirtió y degradó –hasta desaparecer– la gran utopía igualitaria del siglo XX resultaría un tema espinoso. La misma persistencia del miedo que persigue al personaje cubano de la novela creo que puede explicar en alguna medida mi relación con el texto, pero asumí el riesgo, pues aunque no intento ni pretendo hacer política con el libro, la novela va a tener muchas lecturas políticas.

¿Desde cuándo tenés esta novela en mente y cómo fue su proceso de escritura?

–Como antes te decía, la elaboración de esta novela fue muy prolongada. Creo, y lo digo al final del libro, que la necesidad de escribirla surgió en 1989 cuando fui por primera vez a la casa donde asesinaron a Trotski, en Coyoacán. Pero entonces yo no estaba ni intelectual, ni profesional o ideológicamente preparado para escribirla y ni siquiera pensé intentarlo –digo, de manera consciente–. Pasaron los años, supe de la presencia de Mercader en Cuba desde 1974 hasta su muerte en el '78, empecé a leer sobre el tema, y sobre ese "renegado" desconocido (para los cubanos) que era Trotski y me fui acercando poco a poco a la posibilidad de escribir el libro. Algo decisivo para intentarlo finalmente fue la experiencia de la escritura de mi libro La novela de mi vida, donde la historia tiene un papel tan importante y en la que ensayo una estructura de historias paralelas y consecutivas. Entonces comencé a buscar información, a leer, a visitar lugares donde estuvieron esos personajes (desde Barcelona y Moscú hasta Copenhagen y Barbizon) y a medida que sabía más –pues discutía del tema con muchos amigos y me fui clarificando en lo que quería decir– comencé a escribir. Fue un proceso largo, de tanteos, en el que, por ejemplo, tuve que tomar grandes y dolorosas decisiones: después de haber escrito toda la línea de Trotski en primera persona, debí desecharla y escribirla de nuevo en una tercera objetiva, pues se me hizo evidente que jamás iba a tener la posibilidad de reflejar la manera de pensar de un hombre como él, ruso-ucraniano, judío, fanático, político en cada respiración de su vida.

Iván, el principal narrador, el único que usa la primera persona, reclama constantemente que no se sabía nada de Trotski. ¿La elección del tema tiene que ver con esta necesidad de revisar la historia del comunismo en Cuba a partir de sus puntos negros o vacíos?

–Tiene que ver sobre todo con la necesidad de superar la manipulación de la información, el ocultamiento de la historia, el engaño que significó todo aquello de que la URSS era el paraíso proletario. Y, por supuesto, tiene que ver con la verdad, o, al menos, con una parte de la verdad, o una visión de la verdad. Si bien Trotski no fue un santo, si bien fue un victimario cuando tuvo el poder en sus manos, creo que fue un hombre que luchó sinceramente por lo que quería y por lo que creía, pero le faltó capacidad para entender cabalmente quién era Stalin y a donde conduciría Stalin a la revolución. De todas formas, no es fácil entender qué puede pretender un hombre enfermo de poder y además desequilibrado como Stalin.

Pero de toda esa historia muy poca gente en Cuba tenía o tiene noticias. Todo lo que ocurrió en la URSS en esa terrible década de 1930 –colectivización, gulags, procesos de Moscú, desmontaje de la Internacional, pactos con los fascistas– fue tapiado por la desinformación o, cuando se sabía, calificado como propagada anticomunista, cuando lo cierto es que la peor faena que se hizo contra el comunismo no la hicieron los "imperialistas" ni la "burguesía", sino el estalinismo, sus métodos, sus crímenes, su engaño, su política imperial... porque todo aquello no terminó en los años '30, pues: ¿qué cosa fue el período de Brehznev sino una continuación del estalinismo por la vía del inmovilismo? ¿Qué fue la guerra de Afganistán? ¿Qué el silencio criminal de Chernobyl?... Era demasiado lo que se había ocultado y era inconmensurable nuestro desconocimiento.

Sabuesos

Las novelas policiales de Leonardo Padura Fuentes, nacido en La Habana en 1955 y aún residente en Mantilla, le han granjeado un nombre de referencia en la literatura internacional. Con su personaje de Mario Conde como protagonista –el detective de novelas como Paisajes de otoño (1988) o Adiós, Hemingway (2001)–, ha escrito textos en donde recurre a la intriga y la clásica melancolía de todo policial negro. En sus trabajos, sin embargo, ese sentimiento un tanto neblinoso que afecta a todos (es más un aire denso que se respira que cualquier otra cosa) adquiere una dimensión política, una consecuencia de la manera en que un país se administra o se relaciona con su pasado, una mirada triste que por momentos se cuela también en El hombre que amaba a los perros.

Te has hecho famoso en el ámbito literario por las novelas de Mario Conde, un "amigo" que el mismo Iván reclama en esta novela. ¿Creés que el afán investigativo de la novela negra y sus climas particularmente crepusculares te sirvieron para la escritura de El hombre que amaba a los perros?

–Todo me ha servido, pero sin duda la experiencia literaria que he ido obteniendo de mis libros anteriores, entre ellos las novelas policíacas de Mario Conde, me prepararon para esta novela que es peculiar en el sentido de que, antes de empezar, todos saben quién es la víctima y quién el asesino, por lo que debía crear una estructura capaz de atrapar al lector y llevarlo a través de casi 600 páginas. Si no hubiera escrito esas novelas negras, habría sido imposible entrar en ésta, pero igual lo habría sido sin mi trabajo como periodista de investigación en los '80, o mi trabajo como ensayista. De las historias de Mario Conde, por supuesto, extraigo sobre todo la visión de la vida contemporánea cubana y, especialmente, el sentimiento de desencanto y frustración que ha caracterizado a una parte demasiado importante de mi generación en Cuba.

Por otra parte, creo que, en realidad, esta es la menos melancólica o nostálgica de mis novelas. Es más bien una novela triste, quizás desoladora, porque es una historia de fracasados históricos, de derrotados totales, de seres a los que la historia los devora, sean protagonistas o simples testigos, como es el caso de Iván. No es el mismo sustrato el que dejan las novelas de Mario Conde, donde también hay fracaso y sentido de pérdida, pero siempre queda una esperanza, quizás individual, una especie de posibilidad de redención que se logra por la vía de la amistad, de la literatura, de la complicidad, y hasta por la del amor... Pero, ¿qué les queda al final del libro a Trotski, a Mercader? No les queda ni siquiera la vida, ni siquiera la esperanza de futuro, y eso es más desgarrador que las melancolías.

El otro sentimiento que parece ser un efecto que el texto busca en el posible lector es la compasión. ¿Qué esperabas específicamente de este efecto?

–Podemos sentir compasión por estos personajes porque todos ellos son marionetas de la historia, aun los que más poder tuvieron, como el propio León Trotski, que casi dirigió un partido y que creó un ejército y dirigió represiones. Pero la manera en que fue destruida su vida y la de su familia por la obsesión enfermiza de Stalin es tal vez lo que más lo humaniza como personaje. En el caso de Ramón Mercader las cosas cambian: hay, posiblemente, un margen para la compasión, pero él tuvo la posibilidad de decir que no, y no convertirse en el asesino en que se convirtió por un fanatismo, más que por una ideología. Fíjate que quien llega a sentir algo parecido a la compasión por Mercader es Iván, pero es que Iván es un hombre tan golpeado –casi un santo, según su amigo Daniel– que no es raro ese sentimiento. Pero yo, como autor y como persona, no siento lo mismo... Y de Iván qué decir: por él sí que sólo podemos sentir compasión, y mucha...

Habías establecido un vínculo entre tu novela de 2002, La novela de mi vida, basada en un trabajo de ficcionalizar la biografía del poeta cubano José María Heredia, y tu actual trabajo, en donde ficcionalizás más de una biografía. ¿Hay algo premeditado en el hecho de que hayas dejado a Mario Conde y te hayas abocado a estos trabajos en donde tus largos años de periodista parecen funcionar como motor del trabajo de investigación?

–Yo no lo llamaría premeditación, sino necesidad. Creo que mi trabajo literario no podía encerrarse en el mundo de Mario Conde y la contemporaneidad cubana, por rica y contradictoria que esta sea. Yo necesitaba, en ambos casos, lanzar una mirada más universal, más abarcadora sobre determinados conflictos históricos que van desde la esencia de la "cubanía" y su destino histórico (su literatura, el exilio, las fidelidades) hasta un proceso mucho más abarcador como lo fue el desarrollo y caída de un proyecto utópico en el que tantos confiamos y todavía confiamos.

El personaje y narrador central del texto, el que tamiza toda otra biografía, Iván: ¿cuánto de tu biografía personal, de tu historia como escritor en la isla, hay en él?

–De mi historia personal, muy poco –a diferencia de Mario Conde, con el que comparto muchas características, gustos, fobias, y hasta fechas de cumpleaños–. Con Iván comparto una vida vivida en Cuba en la misma etapa histórica y, por tanto, experiencias generacionales que más o menos nos tocaron a todos los cubanos de mi promoción. El problema es que si Conde es metafórico, Iván es simbólico: en él se resumen, se amontonan casi todas las desventuras de una vida posible en la Cuba contemporánea, pero subrayadas con un sentido dramático que yo manipulé en la novela para que tuviese ese carácter simbólico.

¿Qué lectura podés hacer del ambiente literario cubano en el momento en que empezaste a mediados de los '80 y la actualidad?

–Las cosas han cambiado muchísimo desde entonces y, en lo esencial, ha sido para bien. En aquellos años '80, cuando casi todos los escritores de mi generación comenzamos a publicar, vivíamos todavía bajo los efectos ideológicos del "decenio negro" de los '70, una época que se caracterizó por la ortodoxia más férrea y, con ella, por la represión y hasta marginación de muchos escritores incluidos Lezama y Virgilio Piñera. Era una época en la que siempre resultabas ser sospechoso de algo, en la que estabas en peligro de ser juzgado... Y castigado. La crisis de los años '90, sin embargo, trajo un gran espacio de libertad, pues no sólo hubo crisis económica, sino transformaciones sociales y espirituales muy profundas y una buena parte de ese miedo que persiguió a Iván desapareció, junto con la comida, el dinero, la electricidad, el papel, los ómnibus, los cigarrillos. Y cuando tienes poco o nada que perder... Desde esa nueva perspectiva es que comenzamos a escribir en los '90 y es desde la que todavía hoy escribimos, con la posibilidad de editar nuestros libros fuera de Cuba, con una visión más crítica y hasta desencantada de la realidad, incluso con más apoyo de las instituciones culturales. Por todo eso, si en los '80 casi todos escribíamos más o menos de los mismos temas y publicábamos en las mismas editoriales, hoy la literatura cubana es más diversa, está más descentrada geográficamente, es infinitamente más libre.