Hallado el cadáver de una mujer atacada por sus perros

El cuerpo fue encontrado en una cuneta de una carretera comarcal de Huelva

Un grupo de guardias civiles a la entrada de la finca de Villanueva de las Cruces donde se halló el cadaver de la mujer. fot:EFE.fuente:elpais.com

Una mujer de 45 años ha sido encontrada muerta en la mañana del día de Año Nuevo en una cuneta de la carretera que une las localidades onubenses de Villanueva de las Cruces y Montes de San Benito. El cuerpo fue encontrado por un particular sobre las 7.20 de la mañana, y aunque en un principio se pensó que la fallecida había sufrido un accidente de tráfico, la inspección ocular ha revelado que el cadáver presentaba numerosas heridas por mordedura de perro, y que estas habían sido realizadas antes de la muerte.
La investigación posterior ha revelado que la víctima acababa de llegar a su finca y que en ese momento fue atacada por dos perros de su propiedad, ejemplares de la raza rottweiler. La Guardia Civil ha descartado, en cualquier caso, una posible intervención humana en la muerte de la mujer, informa Europa Press. El cuerpo de la víctima ha sido trasladado al Instituto de Medicina Legal de Huelva, donde el domingo se le practicará la autopsia.

El niño perro

Basada en un hecho real, la novela relata cómo el pequeño, abandonado por su madre en Moscú, es acogido por una manada de perros


Portada del libro 'El niño perro', de Eva Hornung

Más de un millón de niños vagabundos malviven en Rusia. Son críos abandonados o que huyen de sus casas y se refugian en sótanos, edificios deshabitados y estaciones de ferrocarril. Sobrevivir al hambre, a la violencia y, sobre todo, al extremo frío invernal es imposible si permanecen solos. En casos extremos, buscan la protección de animales callejeros, como los perros. Ese es el caso de Romochka, de cuatro años, el protagonista de El niño perro. Basada en un hecho real, la novela relata cómo el pequeño, abandonado por su madre en Moscú, es acogido por una manada de perros. Romochka cruza así una frontera impensable: la que separa al hombre del animal, lo civilizado de lo salvaje. Mucho se ha escrito y filmado sobre niños que han sido criados por animales, desde la leyenda de Rómulo y Remo hasta películas como El pequeño salvaje, de François Truffaut. Pero la escritora australiana Eva Hornung relata por primera vez la experiencia desde el punto de vista del niño y no de los científicos que lo estudian. En los dos años que transcurren entre el abandono y la captura del pequeño Romochka se desarrolla la ficción. Hornung dota de lenguaje un tiempo sin palabras, el espacio oscuro de lo no-sabido. Si la Alicia de Carroll franqueó un espejo para pasar de un mundo a otro, a Romochka le bastan los ojos amarillos de un chucho callejero para adentrarse en lo desconocido. Hornung crea un mundo intermedio de hombres y animales en el que nada es ni lo uno ni lo otro. En ese espacio, previo a la captura de Romochka, radica la fuerza de la novela, que decae cuando da paso a la institución que acoge a niños de la calle y remonta con un final, violento y conmovedor, el umbral que deberá atravesar Romochka para volver a la "civilización".
El niño perro

Eva Hornung

Traducción de Eduardo Iriarte Goñi

Salamandra. Barcelona, 2010

284 páginas. 17 euros.

foto.fuente:elpais.com

Como un perro

Un hombre alienado que quiere ser perro en un mundo que, por cierto, alimenta la paranoia. Este es el punto de partida de Dóberman

Gustavo Ferreyra. auto de Dóberman, novela ganadora del Premio Emecé.foto.fuente:pagina12.com.ar


Por Esther Cross

El showman se llama Joaquín Riste, está en el escenario, frente al público, y de pronto no puede hablar. En medio del bloqueo se abren las compuertas del recuerdo. El yo público se cierra, pero en la cabeza del showman aparece el desfile de su vida privada: una madre vergonzante y pedigüeña, la pobreza, la hermana cruel de tan ingenua y los sueños, mortales al no cumplirse. El flashback une el pánico escénico con el resto de su vida. No es un viaje de ida. El showman mira al público, se da cuenta de lo que pasa, recuerda y cuando vuelve a mirar la platea nota los cambios que amenazan con vaciar la sala. El tiempo se congela en ese instante de parálisis mientras se echa a rodar la película de la infancia, que lo proyecta hacia adelante. En este momento preciso, el momento de la falla, cuando se corta la comunicación y se abre el túnel del tiempo, empieza la novela, la historia, la escritura de Dóberman.

Joaquín Riste está a punto de caer en picada. Pero estamos en un mundo de oraciones que siguen su cauce aun después de terminarse. Riste cae en un mundo en que –descubre al tiempo– siempre hay "un pantano en cualquier dirección, en lo alto y en lo bajo".

De chico quería ser un perro. Un perro especial y un showman conocido. Ahora es un hombre doberman y lee la vida en esos términos. De a ratos tiene ganas de morder, a veces "en las carnes de algo que representara la vida". Quiere ladrarle al mundo entero y en algunos momentos ladra literalmente. Es un "doberman pervertido que desea a los humanos" y trata de vivir en una época en que se puede ser "perfectamente feroz y elegante", como le dice su jefe, un funcionario menemista para el que empieza a trabajar de chofer en Cancillería. Pero Dóberman no es sólo la historia de un hombre que se cree perro.

Tampoco es sólo la historia de un showman fracasado que pasa de chofer de Cancillería a peón político de un funcionario acomodado. Hay una misión, una "operación" de inteligencia y espionaje en Varsovia. Hay una cama de hospital donde Riste convalece después de una operación, literal y terrible y, sobre todo, hay un viaje al mundo de Riste, el hombre que piensa en su vida con un lenguaje colmado de dilemas y sentidos.

Dóberman. Gustavo Ferreyra Emecé 317 páginas

Riste, el perro, sigue a un perro por la calle. Lo sigue cuadras enteras, lo sigue por un barrio hasta que cruza la línea fina que separa el seguimiento de la persecución. Son las vueltas implacables que tiene esta historia, donde todo llega al límite. Riste es un servidor obsecuente pero también será un amo pendiente de sus servidores. Ve las dos caras de todo con una lucidez de doble filo. La crudeza no impide la ironía, las contradicciones reveladoras, las paradojas brillantes. Riste "se figura" que tiene "un cierto plazo para hacerse de un amor", le gustan las mujeres de los años '40 y '50, pero también –nos damos cuenta– las de cuarenta y cincuenta. Trata de adivinar lo que los otros quieren de él y adivinen lo que pasa.

La cabeza de Riste marcha a un ritmo que no para y hace que todo –lector incluso– empiece a moverse. Entrar en la historia de Dóberman es entrar en un lenguaje. Es entrar también, entonces, en un mundo con sus especificaciones. Las oraciones se abren paso, avanzan con fuerza, exploran las zonas de silencio y las zonas minadas donde hablar parece imposible o peligroso, como si el lenguaje fuera una forma de conocimiento, un método que cuestiona. Al mismo tiempo, Riste escribe sus memorias "de showman y héroe inválido".

Situada en una época en que "el capital embellece" y "la belleza triunfa en el mundo", en la era menemista del éxito a toda costa, Dóberman puede leerse, también, como una toma de posición respecto de la escritura. El artista tiene que meter los pies en el barro, como un minero. "Debe mostrar que se mancha los pies con los charcos y el barro, y que no es renuente a las pequeñas bajezas dobermanianas."

La cabeza de Riste se hace entender porque habla el lenguaje de la rabia, común a la cordura y la locura. La rabia es el puente y es, además, una fuente inagotable de lenguaje. "Nunca lo que en verdad importa se expresa claramente", piensa Riste. Será por eso que a veces ladra y que quizá en sus ladridos se exprese claramente lo que importa de verdad.

Los buenos libros cambian algo en el lector porque reclaman un lector diferente. El escritor pone en palabras lo que estaba callado y el lector se descubre capaz de escucharlo. En Dóberman, el lector se descubre capaz de entender la rabia y el dolor, el silencio de Riste y su voz, que habla con la fuerza del ladrido y la furia.

Perro antidroga capturó con heroína a gato 'mula' en una cárcel

Al parecer, uno de los reclusos amaestró al animal para recibir la droga en la penitenciaria

foto:archivo.fuente:eltiempo.com

Un gato, entrenado por un recluso de una cárcel de la República Tatarstán para portar drogas, fue capturado con más de 15 gramos de heroína en su collar por un perro policía, según informó el Servicio Penitenciario de esa república rusa a orillas del Volga.

"En el collar del gato fueron hallados más de 15 gramos de heroína. Lamentablemente murió poco después a causa de las heridas sufridas durante su captura. Además, estaba muy débil", precisó Inga Mazurenko, portavoz del Servicio Penitenciario, citado por la agencia Interfax.

La investigación estableció que uno de los reclusos ideó un ingenioso plan para recibir droga en prisión: amaestró a un gato que vivía en el penal y después se lo hizo llegar a unos amigos fuera del recinto penitenciario.

"Los conocidos del acusado hicieron pasar hambre al pobre gato durante varios días y después le colocaron un collar con heroína oculta y lo soltaron en las inmediaciones de la cárcel", explicó.

La idea del preso era que el animal, muerto de hambre, regresara con él para ser alimentado. Sin embargo, la droga no llegó a su destinatario: la dirección de la prisión fue informada de la existencia de este inusual "camello" y preparó una operación para capturarlo. Para que el felino no se colara dentro de la cárcel, su captura fue encargada a un perro adiestrado para la detección de narcóticos.

No descartó que durante la investigación se abra una causa contra el recluso y sus cómplices por maltrato animal.

Los cínicos griegos como preludio anarquista

Bajo el emblema del perro (kúon) los filósofos cínicos aparecieron en la vieja Atenas como un movimiento de oposición radical a la cultura y la política de la época

Carlos García Gual.¿El último sabio? foto:CLAUDIO ÁLVAREZ.fuente:elpais.com
Con su actitud irreverente despreciaban la civilización y todas las convenciones sociales en su audaz invitación a la anarquía, rechazando el orden, con libertaria desvergüenza. Proclamaron la igualdad de todos los seres humanos, sin distinción de clases, naciones ni sexos. Eran cosmopolitas, no participaban en los asuntos de la ciudad, aborrecían los lujos y comodidades, se burlaban de los ritos y las creencias religiosas, prescindían de los placeres refinados, gustaban del amor libre, y consideraban el trabajo y el esfuerzo fundamento de la virtud. Todo ello, como es obvio, resultaba muy provocativo en el mundo griego, incluso en una democracia como la de Atenas; y muy en contra de lo que pensaron Platón y Aristóteles.
Por otra parte, no ambicionaban el poder ni pretendían cambiar la sociedad insensata de la época proponiendo un nuevo modelo antiburgués. Por más que imaginaron curiosas fantasías utópicas de diseño igualitario y anarquista. Fueron, por lo tanto, más rebeldes que revolucionarios, pensadores individualistas, sin grandes ilusiones respecto a la aceptación de sus puntos de vista por la gran mayoría de sus convecinos. (Si el sabio Bías dijo que "los más son malos", muchos filósofos pensaban que la mayoría de la gente son necios).
Los cínicos fueron una secta filosófica callejera y sin escuela fija. Perduraron como alegres vagabundos de mantos burdos, alforja mínima y bastón de peregrino. A través de Antístenes conectaban con Sócrates, y después, gracias al amistoso Crates, inspiraron a Zenón y los estoicos, filósofos más respetables y predicadores virtuosos. El tipo más famoso de la secta fue Diógenes, apátrida y mordaz, que no tenía nada, vivía en una tinaja, se burlaba de todo, y escandalizaba a menudo. De él circularon pronto estupendas anécdotas, como la famosa de que, cuando Alejandro le visitó y dijo que le pidiera un deseo, le repuso que se apartara del sol y no le hiciera sombra. El buen cínico no espera nada, no desea nada; austero, apático, libre, busca una vida natural, como la del perro. En su "regreso a la naturaleza" anticipa la conocida tesis de Rousseau acerca del "buen salvaje", y resulta un evidente precursor de los afanes ecológicos modernos. Crates imaginó una isla ideal poblada de cínicos, Pera (la de la Alforja), "sin necios, ni parásitos, ni glotones, ni culos prostituidos; que produce tomillo, ajos, higos y panes; cosas que no invitan a guerras ni honores, y donde no hay armas ni dinero". Como señaló Peter Sloterdijk, el cínico antiguo es muy distinto del tipo que ahora llamamos "cínico" (para su distinción utiliza la consonante: Kynikós frente a Zynikós). El cínico moderno es más bien un hipócrita: no cree en nada y desprecia en su interior las convenciones sociales; pero disimula y se somete por comodidad y afán de medro.
El anarquismo moderno es una doctrina revolucionaria y de empeño político. Surge de un anhelo de una sociedad mejor, más justa e igualitaria; es filantrópico y compasivo, si rechaza el orden actual (anarquía viene del griego an-arché "desorden") es porque confía construir otro, mejor para todos, donde reine la libertad y no la opresión, en un mundo feliz. En ese ideal pueden percibirse todavía algunos ecos de la utopía antigua.

La secta del perro. Carlos García Gual. Alianza. Madrid, 1987. Crítica de la razón cínica. Peter Sloterdijk. Traducción de Miguel Ángel Vega. Taurus. Madrid, 1989. Los cínicos. R. Bracht Branham / Marie-Odile Goulet-Cazé. Traducción de Vicente Villacampa. Seix Barral. Barcelona, 2000. Filosofía cínica y crítica ecosocial. José Alberto Cuesta. Ediciones Del Serbal. Barcelona, 2006. Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) ha publicado recientemente Prometeo: mito y literatura y Encuentros heroicos. Seis escenas griegas (Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2009. 238 y 158 páginas. 14 y 12 euros).

El triunfo del escribidor

En su nombre, la Academia sueca ha honrado a un pueblo de 500 millones

La ciudad y los perros . foto:archivo:fuente:elperiodico.com

En 1974, a los 18 años, acompañé a mi padre en un viaje a Lima y lo convencí de que dedicáramos una tarde a buscar la apartada escuela Leoncio Prado, donde un cadete había sufrido suficientes humillaciones para convertirlas en gran literatura. Ya al anochecer, divisamos los farallones de un sitio inhóspito, que parecía más un presidio que una escuela. El exalumno cuyo libro fue quemado en el patio de es colegio era Mario Vargas Llosa.

La ciudad y los perros fue una novela decisiva para mi generación. Los cambios de puntos de vista, los monólogos que se intersectan y el mundo de la juventud visto con la fiereza de quien ha perdido sus esperanzas en la sordidez, hicieron que fuera la Biblia de quienes nos iniciábamos en la desmesura de escribir.

Conversación en La Catedral, Los cachorros, La casa verde y La guerra del fin del mundo ampliaron ese horizonte narrativo, combinando complejas estructuras con un estilo llano, de engañosa sencillez. El autor se complicaba la vida con gusto al imaginar las tramas y se la facilitaba con más gusto al contarlas. La estructura se refractaba en planos muy diversos y contrastados, al modo de un poliedro, mientras la prosa fluía como una conversación. Un caleidoscopio descrito en tono de tertulia. La mezcla producía el sello distintivo del mayor novelista social de nuestro tiempo.

Hace veinte años que Vargas Llosa merecía el Nobel. En medio siglo su teclado no ha dejado de echar humo. El admirable arco de su producción va de Los jefes a la crónica del domingo pasado. En el trayecto, el incombustible escritior ha vivido como si el tiempo y la edad no existieran, sin perder su voraz curiosidad.

En una ocasión coincidí con él en un encuentro de escritores en Cali, Colombia. Eran años duros en los que aún se sentía la impronta de Pablo Escobar. Vargas Llosa viajaba con escolta especial. Lo acompañé en la camioneta que le había asignado el Ejército. Iba con el aplomo con que recorrió Perú en su campaña presidencial, sin pensar que podían matarlo. Alguien sereno en situaciones extremas, el narrador que no pierde el enfoque en el ojo del ciclón.
Su disciplina de cadete comenzaba con los primeros gallos. Muy temprano recorría la piscina del hotel con brazadas expertas. A las 8, ya estaba tomando notas.

Cabrera Infante, que lo quiso mucho, dijo con ironía, acaso pensando en él: "hay autores que se la pasan elogiando a Flaubert y publican más que Balzac". Lo decisivo en Vargas Llosa es que ser prolífico no ha disminuido su sentido del riesgo. Le gusta mucho escribir mucho. Mejor para nosotros. Esta pasión se extiende al fútbol, los toros, el teatro, la comedia humana con sus chismes y mujeres guapas y, por supuesto, la lectura.

Cuando coincidí con él en Berlín, comentó que estaba aprendiendo alemán para leer en original a Thomas Mann. Su sostenido aprendizaje lo ha llevado a agotar bibliotecas enteras para escribir sobre Flaubert, García Márquez, Arguedas, Onetti, Tirant lo Blanco, Sartre y Camus e Isaiah Berlin. También, lo ha hecho salir de casa para buscar verdades incómodas en África, Irak o las montañas peruanas dominadas por Sendero Luminoso.

Sus crónicas en clave personal han dejado constancia del gozo con que asume los divertidos desperfectos del destino. Ha escrito con gracia sobre un cementerio de perros en París, los ladrones que siempre se llevan la ropa de su mujer y nunca la suya, la extraña tendencia de uno de sus hijos a volverse etíope y la clínica de reposo donde ayuna una vez al año y confunde la vida con el sueño.

Su radar de lector ha registrado clásicos indiscutibles, pero también a algún best-seller de ocasión, que lo cautiva sin prejuicios, o a autores mucho más jóvenes que él. Entre otros, el chileno Alberto Fuguet, el colombiano Héctor Abad Faciolince, el español Javier Cercas y los peruanos Guillermo Niño de Guzmán y Alonso Cueto le deben vindicaciones memorables. Ante las obras de los demás, Vargas Llosa es un autor que comienza siempre: aún tiene algo que descubrir. Su vitalidad deriva de este gesto.

También como comentarista político Vargas Llosa es un contertulio ejemplar. Sus ideas están sujetas a debate, pero nunca carecen de interés. Repudia el dogma, el tono pomposo de quien ya leyó el futuro, el pensamiento único, y celebra los favores de la discrepancia.

Hace algunos años presenté en México La fiesta del chivo, en compañía de la escritora chilena Marcela Serrano. Como siempre sucede con Vargas Llosa, el acto derivó en un mitin. El palacio de Bellas Artes se llenó hasta el tercer piso. Había pancartas en o en contra de Fidel, citas de su descripción del PRI como "la dictadura perfecta". En fin, un ambiente de asamblea en mayo del 68. Poco antes de empezar, nos reunimos tras bambalinas con un actor que iba a representar al dictador Trujillo. Con cierto protagonismo, el actor advirtió al novelista de que lo admiraba pero repudiaba sus ideas políticas. Se hizo un silencio incómodo y algunos esperaron el gesto de soberbia del intelectual ofendido. Nada de eso: Vargas Llosa dijo que le encantaba estar con quienes pensaban diferente.

En varios debates lo he visto tratar con cortesía a polemistas que buscan confirmarlo como reaccionario. Sus ideas sobre el mercado me interesan poco, pero las mías tampoco cuentan mucho. Lo decisivo es que su sostenida aventura de la libertad ha estimulado un debate que no puede prescindir de fecundas ideas adversas.

"¿En qué momento se había jodido el Perú?", esta frase, dicha en la primera página de Conversación en La Catedral, es el "ábrete sésamo" de América Latina. El narrador investiga una realidad que duele. Va a hablar de un mundo jodido. Ese mundo importa tanto que amerita 600 páginas. En traspatios y arrabales Vargas Llosa encontró su poética de la devastación. Ese mundo roto merecía el fervor de la crítica y una mirada que descubriera su belleza.
La tía Julia y el escribidor describe los afanes de un autor sometido a las exigencias del multiempleo. Poco a poco, el protagonista muestra una personalidad escindida, primero confunde a sus personajes y luego confunde su destino con un guión de radioteatro. Varias veces, Vargas Llosa se ha descrito como "escribidor", una manera cortés de poner el acento en el esfuerzo, el oficio artesanal, y no en su excepcional talento.

No se reinventa el mundo sin originalidad, pero Mario Vargas Llosa ha tenido la originalidad de considerarse un instrumento al servicio de la lengua y de su tiempo, el escribidor que recoge las voces de los otros.

En su nombre, la Academia sueca ha honrado a un pueblo de 500 millones.

Juan Villoro,escritor y periodista mexicano.

Snoopy cumple 60 años convertido en millonario

Desde que se publicó en 1950 la tira cómica de Charlie Brown se convirtió en un icono de la cultura estadounidense


Snoopy, de la tira cómica Peanuts.foto:internet.fuente:elespectador.com

El perro Snoopy, el amigo inseparable de Charlie Brown (Carlitos), cumplió este sábado 60 años convertido en el personaje de cómic más famoso de Estados Unidos, y una fuente inagotable de ingresos para los descendientes de su creador, el dibujante Charles M.Schulz.

La primera tira cómica de Peanuts, que protagonizaban Charlie (Carlitos) y su perro Snoopy, apareció el 2 de octubre de 1950 publicada en siete periódicos, y sin la expectativa de que llegaría a convertirse en un icono de la cultura estadounidense.

La aparición de Peanuts, con sus personajes dibujados a grandes trazos a los que no les ocurría nada destacable, fue todo un revulsivo para la industria de la época, donde predominaban los superhéroes de acción y de aventuras.

Pero su autor, que murió de cáncer en 2000, siempre confió en que la pandilla de Charlie, y sobre todo los pensamientos inteligentes de Snoopy, acabaran teniendo cabida en el público, y no sólo en el infantil.

Tan solo una década después, las aventuras de Charlie y del famoso perro se publicaban en 2.200 periódicos, y le valieron a su autor el premio Reuben, el más alto honor que concede la National Cartoonists Society.

Hoy en día, las tiras cómicas de Peanut pueden verse en 2.000 periódicos de 75 países, en 21 idiomas diferentes, además de en otros formatos, como en películas o en series animadas por internet.

Inicialmente, Snoopy no caminaba a dos patas como los humanos ni expresaba sus pensamientos al público, pero poco a poco fue cobrando protagonismo hasta eclipsar por completo a Charlie y al resto de personajes, Sally, Lucy y Linus.

En la memoria colectiva de los lectores sigue estando vivo Charlie, el niño incomprendido que no se rinde aunque no consiga lo que quiere, así como Snoopy, la mascota que vivía las aventuras imaginarias desde el tejado de su caseta de madera.

Y con ellos, la psicóloga Lucy, incapaz de seguir las reglas del béisbol o la pequeña Sally, siempre en busca de la ayuda de su hermano mayor o Linus, siempre aferrado a su manta de bebé.

Todavía hoy, diez años después de la publicación de la última tira por la muerte de su creador, Snoopy sigue siendo el personaje de cómic más utilizado por las grandes multinacionales para promocionar sus productos.

Año tras año, la revista Forbes coloca al dibujante como uno de los artistas fallecidos que más ingresos logra al año, y todo ello debido al éxito de Snoopy, cuya reproducción reporta recursos a la sociedad Peanuts Worldwide, participada en un 20 por ciento por los descendientes de Schulz. Sólo el año pasado, los ingresos superaron los 35 millones de dólares, según la publicación.

Para celebrar el aniversario de la publicación la National Portrait Gallery del Smithsonian, en Washington, celebra este sábado una jornada dedicada a la famosa creación de Charles Schulz, con actividades para los más pequeños y con la muestra de los instrumentos que el dibujante utilizaba para sus creaciones.

El viernes pasado el museo presentó al público la incorporación a la galería de retratos de una fotografía del autor tomada en 1986 por Yousuf Karsh.

Se trata de la primera imagen conocida del artista, en la que se le ve dibujando en un tablero con un lápiz en la mano, y tras él una tira inacabada de Peanuts en la que Lucy le arrebata el balón de fútbol a Charlie Brown.